Amnistia Internacional Uruguay

La peor pesadilla de los torturadores

Juan Méndez, abogado y activista de los derechos humanos, relator especial de la ONU sobre la cuestión de la tortura.

“Pasé mucho miedo durante los interrogatorios. En dos ocasiones tuvieron que llamar a un médico para que comprobara si podían seguir torturándome sin matarme. Hasta ese momento no caí en la cuenta de que podía morir. Pero cuando se está en esa situación se vive minuto a minuto, pensando en el instante en que los torturadores se cansarán y pararán y tú podrás tener un descanso.”

Juan-Mendez“El único camino para eliminar de verdad la tortura es asegurar que los responsables comparecen ante la justicia. Lo que mantiene viva a la tortura es el ciclo de impunidad. La Convención fue un acontecimiento muy positivo, pero el verdadero desafío es asegurarse de que los Estados toman medidas enérgicas y eficaces para poner fin a la tortura. No ocurrirá de la noche a la mañana, pero puede ocurrir.”
Juan Méndez, relator especial de la ONU sobre la tortura.

En el 30 aniversario de la adopción de la Convención contra la Tortura, el hombre que tiene a su cargo la responsabilidad de presionar a los Estados para erradicar esta abyecta práctica, de la que es superviviente, rememora su terrible experiencia y examina los desafíos a los que se enfrenta la lucha global contra la tortura.

Cuando, una fría mañana de 1975, el joven abogado de derechos humanos argentino Juan Méndez vio a dos agentes de policía caminando con paso resuelto hacia él en una tranquila calle de Buenos Aires, supo de inmediato que corría un gran peligro.

Era una época de gran agitación. Cuando la violenta junta militar se aprestaba para tomar el poder por la fuerza, el trabajo de Juan Méndez en favor de los presos políticos era una actividad peligrosa en la que se arriesgaba la vida.

Sin mediar palabra, los agentes agarraron a Juan, le vendaron los ojos, lo metieron a empujones en un automóvil y lo llevaron a una comisaría de policía. Unas horas más tarde lo entregaron a los servicios de inteligencia.

“En aquel momento yo sabía muy bien que todos aquellos a quienes se acusaba de ser ‘subversivos’ eran torturados sin piedad. Lo primero que me vino a la mente cuando la policía me apresó fue que tenía que mantenerme firme para no revelar nada que pudiera llevar a la detención y tortura de otros compañeros”, dice Juan Méndez.

Sus sospechas no podían ser más atinadas. Los interrogatorios, que se prolongaron durante casi tres días, fueron implacables. Los interrogadores le aplicaron descargas eléctricas mientras le hacían preguntas acerca de su trabajo y de las personas a las que conocía. Hicieron lo inimaginable para intentar que revelara nombres, direcciones, números de teléfono y cualquier cosa que diera lugar a más detenciones y más tortura.

En una ocasión, un agente le introdujo un arma en la boca y apretó el gatillo. El arma estaba descargada.

“Pasé mucho miedo durante los interrogatorios. En dos ocasiones tuvieron que llamar a un médico para que comprobara si podían seguir torturándome sin matarme. Hasta ese momento no caí en la cuenta de que podía morir. Pero cuando se está en esa situación se vive minuto a minuto, pensando en el instante en que los torturadores se cansarán y pararán y tú podrás tener un descanso”, explica.

El tercer día, sin previo aviso y sin dar explicaciones, trasladaron a Juan a una prisión, donde estuvo recluido durante 18 meses, sin cargos, antes de dejarlo en libertad y obligarlo a exiliarse. Lo pusieron en un avión con destino a Francia, donde se reunió con su esposa y sus hijos de corta edad, que ya vivían en el exilio.

“Cuando llegué a Francia tuve emociones contradictorias pues sabía que dejaba allá a mucha gente, en situaciones terribles. Yo tuve la suerte de poder salir, pero comenzar de nuevo con una familia joven fue muy difícil”, dice.

“Todos los años que pasé en el extranjero estuve obsesionado con lo que ocurría en Argentina. Me trasladé a Washington y allí estuve en comunicación constante con grupos de derechos humanos y me especialicé en la cuestión de la tortura.”

Durante los ocho años de violenta dictadura en Argentina, miles de personas fueron detenidas arbitrariamente, llevadas a centros de detención secreta y torturadas, en muchos casos como castigo por su legítimo trabajo de derechos humanos: 30.000 continúan desaparecidas.

Habían trascendido relatos semejantes de tortura y otros malos tratos en todos los rincones del mundo, pero no fue hasta la publicación del pionero estudio de Amnistía Internacional en 1973 cuando salió a la luz el verdadero alcance del uso de la tortura.

El documento de 225 páginas fue la señal de partida de la primera campaña global de la historia contra la tortura. Los activistas salieron a la calle para reclamar medidas del gobierno, los personajes famosos comenzaron a hablar del grado de extensión de esta práctica ilegítima. El informe sirvió de estímulo a los juristas para elaborar una convención que brindara instrumentos concretos para prevenir y enjuiciar la tortura como crimen de derecho internacional. Sería un tratado que obligaría a los Estados que lo suscribieran a investigar la tortura siempre que tuviera lugar y a poner a los responsables a disposición de la justicia.

El guardián de la Convención

Después de años de debates serios, y en ocasiones acalorados, la Asamblea General de la ONU adoptó en 1984 la Convención contra la Tortura.

Fue un momento histórico. “La Convención contra la Tortura fue un hito muy importante en la lucha contra la tortura porque incorpora obligaciones muy específicas de los Estados en cuanto a investigar, enjuiciar y castigar todos los casos de tortura”, dice Méndez.

Entre los 33 artículos del tratado, los Estados acordaron constituir el Comité contra la Tortura con el mandato de vigilar su aplicación. En 1985 se creó el cargo de relator especial sobre la cuestión de la tortura. A diferencia de la Convención, el mandato del relator especial no se circunscribe a aquellos Estados que son partes en el tratado, sino que afecta a todos los Estados miembros de la ONU. Cualquier víctima de tortura u otros malos tratos puede denunciar los hechos al relator especial, que entonces escribe al gobierno para hacerle preguntas y, como mínimo, le hace llegar demandas implícitas de acción. El relator especial visita establecimientos penitenciarios y a presos en todo el mundo (previa invitación de los Estados) y presenta informes anuales a la Asamblea General de la ONU y al Consejo de Derechos Humanos.

Juan Méndez fue nombrado relator especial sobre la tortura en 2010. Los efectos del desafío planteado por Estados Unidos a la prohibición de la tortura en su respuesta a las atrocidades del 11 de septiembre de 2001 eran se dejaban sentir todavía.

“Antes del 11 de septiembre de 2001, pensaba que había un consenso claro, un consenso moral en todo el mundo de que la tortura era inaceptable y que no existía ninguna circunstancia que pudiera justificarla. Esto sigue siendo cierto en términos jurídicos, pero en términos de actitud de la opinión pública pienso que hemos perdido terreno debido al miedo al terrorismo y al miedo a la delincuencia común en las calles. Existe la sensación de que la tortura es inevitable, necesaria y en cierto modo aceptable”, explica Méndez.

David contra Goliat

Juan Méndez piensa que a veces su trabajo de relator especial sobre la cuestión de la tortura es imposible.

Ante el mandato de mantener bajo control a 194 países, cabría esperar que hubiera una oficina bien dotada de personal, con expertos y apoyo administrativo. No es así. Son sólo Juan y un miembro del personal a tiempo parcial. En ocasiones parece la lucha de David contra Goliat.

“Si dispusiéramos de más recursos, podríamos hacer mucho más. Tenemos grandes restricciones económicas y sólo podemos hacer un par de misiones al año. Pero el problema principal es la falta de apoyo de los gobiernos”, explica.

La falta de voluntad política de los gobiernos, que a menudo ignoran sus peticiones para efectuar visitas o las rechazan sin explicaciones, es lo que más lo frustra.

En los cuatro años que lleva en el cargo, Méndez ha visitado más de una decena de países, entre ellos, México, Tayikistán, Marruecos, Túnez y Kirguistán. Muchos le han cerrado la puerta –como Bahréin y Guatemala– o ni siquiera han respondido a sus solicitudes.

Una parte del trabajo de Méndez consiste en convencer a los gobiernos de que accedan a sus visitas, en las condiciones que él decida. Insiste en tener acceso sin limitaciones a todas las instalaciones de detención y en poder hablar con cualquier persona recluida en ellas, sin ir acompañado por funcionarios. Pero muchos gobiernos no acceden a ser inspeccionados.

“Algunas experiencias han sido muy frustrantes. Por ejemplo, acabo de regresar de una visita a Gambia, donde después de llegar al país el gobierno modificó los términos de la visita, algo que no podíamos aceptar, por lo que al final no visitamos las prisiones. El gobierno de Estados Unidos también ha planteado desafíos. Después de tres años pidiendo visitar Guantánamo, aceptaron pero dijeron que no podría hablar con ninguno de los reclusos, y yo no podía aceptar eso. Además, nunca han respondido a mi petición de visitar prisiones dentro del territorio de Estados Unidos.”

Cuando se llevan a cabo visitas, Juan Méndez reúne un equipo altamente cualificado de asesores y voluntarios, del que forman parte investigadores, abogados y peritos que viajan con él.

El equipo inspecciona prisiones, centros de detención previa al juicio, comisarías de policía, instituciones de salud mental y centros de detención de inmigrantes, y habla en privado con las personas recluidas sobre el trato que reciben. Aunque la visita al país se coordina con el gobierno, las visitas a prisiones concretas se hacen sin previo aviso, de modo que las autoridades nunca saben dónde ni cuándo el equipo llamará a su puerta.

Stop-Tortura30 años de lucha contra la tortura

Juan Méndez afirma que la lucha contra la tortura es ardua pero reconoce que se han cosechado muchos éxitos.

La reclusión en régimen de aislamiento se considera ahora una forma de malos tratos, y algunos países han adoptado leyes que prohíben la tortura.

Sostiene que aún quedan muchos desafíos por superar antes de que sea posible erradicar de verdad la tortura.

“El único camino para eliminar de verdad la tortura es asegurar que los responsables comparecen ante la justicia. Lo que mantiene viva a la tortura es el ciclo de impunidad. La Convención fue un acontecimiento muy positivo, pero el verdadero desafío es asegurarse de que los Estados toman medidas enérgicas y eficaces para poner fin a la tortura. No ocurrirá de la noche a la mañana, pero puede ocurrir”, dice Méndez.