Amnistia Internacional Uruguay

Vivir en medio del horror en República Centroafricana

Donatella Rovera y Joanne Mariner, de Amnistía Internacional, informan sobre la última matanza en una localidad al oeste de Bangui, donde vieron los cadáveres de decenas de hombres y mujeres abandonados en la calle y encontraron a una niña de 11 años que había sobrevivido milagrosamente.

Cuando pensábamos que el horror desatado en República Centroafricana había llegado a sus cotas más terribles, la escena que presenciamos en una remota localidad al noroeste de Bangui nos dejó conmocionadas.

Llegamos a Bouguere el 13 de febrero para investigar una matanza que se había producido unas tres semanas antes. Sabíamos que las milicias anti-balaka habían matado a más de 40 personas y que la mayoría de los residentes musulmanes de la localidad habían huido.

Pero nada podía prepararnos para lo que nos íbamos a encontrar al llegar allí.

Las calles estaban llenas de cadáveres. Contamos 21, incluidos los de tres mujeres e incluso el de un bebé. Los perros se estaban comiendo algunos. Varios de los cadáveres de hombres estaban parcialmente quemados. El cuerpo de un hombre tenía los pies atados, señal de que había sido hecho prisionero antes de ejecutarlo. Los residentes nos dijeron que había más cuerpos en las afueras de la ciudad.

Todos habían muerto en un ataque de las milicias anti-balaka la mañana del 10 de febrero, unos días antes de nuestra llegada.

Los hatillos de ropas que yacían junto algunos de los cuerpos indicaban que los habían atrapado y matado mientras trataban de huir.

En la zona musulmana de Bouguere reinaba una sobrecogedora soledad. La mayoría de las casas habían sido saqueadas y algunas, incendiadas. Quienes no habían muerto habían huido.

Y entonces, la encontramos.

Acurrucada en la esquina de una casa abandonada, una niña de unos 11 años había sobrevivido a todo aquello. Se había quedado allí, sola, sin comida ni agua, durante cuatro días. Estaba aterrorizada, apenas podía hablar y la debilidad le impedía mantenerse en pie.

La pequeña nos dijo que su padre había muerto en el ataque y los residentes nos dijeron que había perdido a su madre en otro anterior. La niña era la única superviviente musulmana y los residentes cristianos de la ciudad nos rogaron que nos la lleváramos. Así lo hicimos, dejándola en un lugar seguro.

Lo sucedido en Bouguere fue espeluznante, perturbador, desesperante.

No se veía por ningún lado a las fuerzas de mantenimiento de la paz, aunque tres semanas antes en la zona ya se habían producido matanzas de civiles en los violentos combates entre las milicias anti-balaka y las fuerzas de Seleka.

Era uno de esos lugares en los que era previsible que sucediera algo trágico, pero por algún motivo, las fuerzas internacionales, enviadas para proteger a la población civil, no habían aparecido.

Bouguere es una ciudad minera, conocida por el comercio de oro y diamantes, lo cual la hace especialmente atractiva para los saqueadores.

Pero habían sido ataques de represalia. Anteriormente, un destacado comandante de Seleka había establecido su base en la ciudad, perpetrando numerosos abusos contra los derechos humanos de la población local y de ciudades y pueblos vecinos.

Recordando estos abusos, los residentes cristianos contaban que en una ocasión el comandante había matado a toda una familia porque el padre había protegido a dos hombres que no le gustaban. El miedo y el odio de toda la región –afirmaban– habían alimentado la ira y la sed de venganza que habían llevado a los recientes ataques contra la población musulmana de Bouguere.

Al parecer, el comandante murió en la matanza del 24 de enero.

Desgraciadamente, lo que ocurrió en Bouguere no es una excepción.

Al día siguiente, mientras nos dirigíamos por carretera hacia el pueblo de Boboua, encontramos tres cadáveres delante de una mezquita. Eran los del alcalde musulmán de la población, Adamou Dewa, su hijo Abu Bakr y otro residente musulmán llamado Abdou.

Cuando nos íbamos, unos residentes musulmanes surgieron desesperados de sus escondites entre la maleza y detuvieron nuestro vehículo. Nos dijeron que los combatientes anti-balaka habían atacado el pueblo tres horas antes matando a los tres hombres, y que los 200 musulmanes que quedaban corrían grave peligro.

“Hemos nacido aquí” –exclamó uno de ellos–, ¿dónde vamos a ir?”

Victims of attack in CARLa fuerzas de mantenimiento de la paz de la Unión Africana acababan de llegar para averiguar lo que había sucedido. Demasiado tarde para los muertos. Además, no iban a quedarse. Sin protección, el resto de los residentes musulmanes tendrían que huir para ponerse a salvo.

Los musulmanes están siendo brutalmente asesinados o expulsados de la mayoría de las ciudades y los pueblos.

En Mbaiki, por ejemplo, sólo quedaba una familia musulmana de una población de varios miles.

En Yaloke, donde vivían aproximadamente 10.000 musulmanes, el 13 de febrero sólo quedaban 742.

La comunidad musulmana de Boda está siendo protegida de los ataques por las fuerzas de mantenimiento de la paz francesas, pero sólo mientras se prepara para huir del país.

Las fuerzas anti-balaka están usando los homicidios en masa de civiles y la destrucción de viviendas, comercios y mezquitas para realizar una “limpieza étnica” de la población musulmana de República Centroafricana. Se trata de crímenes contra la humanidad y crímenes de guerra.

La matanzas son una terrible característica común a las crisis en República Centroafricana. Día tras días, hombres, mujeres y niños mueren a punta de pistola y de machete, y en algunos casos sus cadáveres se pudren abandonados en las calles. Muchos de estos horrores se documentan en nuestro último informe.

Las zonas musulmanas se quedan vacías y su población se ve obligada a huir a países vecinos.

Con demasiada frecuencia, las tropas internacionales de mantenimiento de la paz han estado ausentes en el lugar y el momento en que más se las necesitaba. Su despliegue no ha sabido adaptarse al rápido ritmo con que ha ido evolucionando la situación sobre el terreno. Y en ocasiones se han mostrado reacias a enfrentarse a las milicias anti-balaka, y lentas a la hora de proteger a la minoría musulmana amenazada.

Las tropas internacionales de mantenimiento de la paz deben quebrar el control de las milicias anti-balaka y desplegar efectivos en número suficiente y con el apoyo adecuado en las ciudades y pueblos donde hay población musulmana amenazada.